Desde el inicio del sexenio de Felipe Calderón vivimos en un loop de análisis de la violencia en México, atendemos y sacamos conclusiones sólo a partir de la evolución de promedios en la tasa de homicidios. Proponemos aquí un análisis a partir de la volatilidad de la violencia a nivel municipal, para identificar las zonas del país de urgente atención con una política nacional de reducción de homicidios.

Entre enero y abril del 2017 México ha acumulado un total de 7,727 averiguaciones previas por homicidios dolosos, esto implica una tasa anualizada de 18.8 averiguaciones por cada 100 mil habitantes. Se trata del segundo inicio de año más violento desde 1997, y de seguir así, 2017 rebasaría al 2011 como el año más violento de nuestra memoria reciente, cuando el país sumó 18 averiguaciones por homicidio por cada 100 mil habitantes.

Hablamos de averiguaciones y no de homicidios, porque la única medida rigurosa de los segundos es proporcionada por el INEGI mediante el análisis de los datos del Sistema Nacional de Información en Salud (SINAIS); y al día de hoy se encuentran disponibles hasta 2015, mientras que el conteo de víctimas (no averiguaciones) por parte del Sistema Nacional de Seguridad Pública se inició hasta 2014, lo que impide hacer comparaciones previas. Por ejemplo, en 2011 la tasa de homicidios (no de averiguaciones) llegó a 23.3 por cada 100 mil habitantes.

El crecimiento en violencia desde 2016, y sobre todo el retorno en 2017 a niveles observados hace cinco o seis años, nos obligó a retomar una conversación que creíamos superada. La reducción entre 2013 y 2015 nos lo hizo pensar. Y ahí vamos de regreso a observar tasas mensuales, a inferir grandes conclusiones de pedazos incompletos e inexactos de datos, a sacar lecciones anecdóticas de crecimiento acá y reducciones allá.

Creemos que este es un modelo de análisis insostenible. Creemos que es momento de tomar un poco de distancia y analizar los datos desde otra perspectiva: en lugar de analizar los cambios recientes, incluso a la luz del pasado, queremos hacer un corte de caja de la dinámica de violencia en los municipios mexicanos en 10 años, a partir del promedio de su nivel de violencia, pero sobre todo a partir de su volatilidad. Creemos que es un buen inicio para empezar a discutir en serio una estrategia de reducción de la violencia en el país, un buen inicio para volver a tener la misma conversación, pero con otra evidencia.

Como se observa, los municipios con tasas promedio más altas tienden a ser también aquellos con mayor volatilidad; mientras que la mayoría de municipios del país se encuentran en niveles bajos de ambos indicadores. No obstante, en la parte inferior derecha de la gráfica podemos identificar municipios con baja varianza y niveles altos de violencia, esto quiere decir que se trata de poblaciones con niveles establemente altos de homicidios; entre ellos: Guadalupe y Calvo; Guazapares y Urique, en Chihuahua, así como General Plutarco Elías Calles en Sonora. En contraste, en la parte superior derecha estarían aquellos que acumulan promedios muy altos de homicidios, pero con medidas anuales muy disímiles, lo que implica alta varianza; entre ellos: Guadalupe, Huejotitán y Matamoros, en Chihuahua los tres. Finalmente, del lado superior izquierdo se ubican aquellos que tienen niveles relativamente menores de violencia, pero con cambios drásticos entre años; entre ellos: Gran Morelos (Chihuahua), Ejutla (Jalisco), San Baltazar Loxicha y Santa María del Rosario (Oaxaca).

Una nueva categorización de municipios

El territorio mexicano está conformado por un total de 2 mil 457 municipios. Utilizando datos de homicidios del SINAIS desde 2006 hasta 2015 – último año disponible – clasificamos los municipios del país siguiendo 2 criterios: los niveles de violencia que tuvieron (medido como tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes) y la varianza de dicha violencia, es decir, qué tan diferentes fueron las tasas de homicidio de un municipio entre 2006 y 2015.

Nos quedaron 6 grupos conformados de la siguiente manera:

Categoría

Municipios

Porcentaje de la población nacional

Poca varianza y poca violencia

1252

25.7%

Mucha varianza y poca violencia

8

0.02%

Poca varianza y media violencia

699

50.7%

Mucha varianza y media violencia

281

6.5%

Poca varianza y mucha violencia

15

0.7%

Mucha varianza y mucha violencia

202

16.5%

 

Lo que vemos entonces es que, bajo nuestra clasificación, 1,260 municipios tienen tasas de violencia consideradas bajas, por debajo de cuatro. El grueso de la población nacional se encuentra en municipios de violencia media y con poca varianza, con una tasa promedio en todo el periodo de 12 homicidios por cada 100 mil habitantes, aún por encima de los 10 establecidos por la Organización Mundial de la Salud para considerarse una epidemia. Notoriamente, hay 15 municipios en el país con un nivel permanentemente alto de violencia durante toda la década, alrededor de 40 homicidios por cada 100 mil habitantes.

Pero el grupo más interesante es aquel conformado por municipios que tienen simultáneamente niveles altos de violencia promedio y mucha volatilidad entre años. Estos son los municipios que explican gran parte de los cambios en la tasa nacional. Si el nivel de violencia crece o decrece en el país, son estos los municipios que debemos explorar para explicarla. En promedio, estos municipios tienen tasas anuales de 55 homicidios por cada 100 mil habitantes.

La concentración numérica de la violencia

Si vemos la proporción de homicidios totales en el país entre 2006 y 2015 por categoría de homicidios, queda clara la concentración. Los 1,260 municipios con poca violencia, en los que viven 1 de cada 4 mexicanos, representan apenas 1.8% del total de homicidios. Por su parte, los municipios de violencia intermedia, 980 municipios en los que viven poco más de la mitad de los mexicanos, representan el 42% del total de homicidios. Hasta ahora llevamos 2,240 municipios que acumulan 83% de la población y sólo 44% de homicidios.

 

Esto implica que en apenas 217 municipios en los que viven sólo 17% de los mexicanos, se concentra el 56% restante de los homicidios en el país. De hecho, en apenas 202 municipios, los que simultáneamente tienen violencia promedio alta y mucha volatilidad, se concentran 51% de los homicidios totales del país en toda la década.

De nuevo: más de la mitad de nuestra violencia vive en 202 municipios que concentran apenas 16% de la población.

Hay un patrón visible: cuando la violencia crece en el país, la proporción de homicidios concentrado en estos 202 municipios crece, mientras que aquella de los 980 municipios de violencia intermedia decrece.

 

La concentración geográfica de la violencia

Descubrimos apenas que 202 municipios concentran mucho de ambas: medias y varianzas de la violencia nacional. Hay un hallazgo adicional: estos municipios forman zonas continuas. Dicho de otro modo, la distribución geográfica de esos 202 municipios no sólo no es aleatoria, es sistemáticamente contigua.

 

Hay tres zonas identificables en las que se concentran estos 202 municipios que explican la acumulación de homicidios y su varianza nacionales. En primer lugar, un área que va desde la frontera de Chihuahua con Texas, hasta Sinaloa, pasando por la parte occidental de Durango. En segundo lugar, un grupo de municipios en Tamaulipas que se expande a municipios en la parte norte de Nuevo León. Finalmente, a lo largo de la costa en el Pacífico desde Colima hasta Guerrero, que incluye municipios al interior de Guerrero y Michoacán.

Por su parte, de los 15 municipios que siempre han sido violentos – según nuestra clasificación – siete se encuentran en Oaxaca: Miahuatlán De Porfirio Díaz, Huautla De Jiménez, San Pedro Pochutla, Heroica Ciudad De Ejutla De Crespo, Oaxaca De Juárez, Villa De Tututepec De Melchor Ocampo, Ocotlán De Morelos. Al haber sido siempre violentos (por la poca varianza que tienen) estos municipios no nos explicarían una variación en la tasa de homicidios nacional. Tampoco los municipios que tengan poca o media violencia explicarían el aumento reciente de violencia; en su mayoría, los municipios con poca violencia no registraron ningún homicidio durante este periodo.

Nuestro grupo de interés por tanto son los 202 municipios que tienen una alta varianza, y que además son considerados violentos. En este grupo se encuentran municipios como Guadalupe y Calvo, Práxedis G. Guerrero, y Ciudad Juárez en Chihuahua; Acapulco, Iguala, y Chilpancingo, en Guerrero; Colima y Armería en Colima; Apatzingán, Aquila, y Arteaga en Michoacán; Mier, Nuevo Laredo, San Fernando, y Ciudad Victoria en Tamaulipas; así como Monterrey y Cerralvo en Nuevo León.

Dentro de este grupo de interés, 22 municipios superan los 100 homicidios por cada 100 mil habitantes en promedio cada año. Sólo para comparar, Honduras, considerado el país más violento del mundo, llegó a una tasa de 59 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2016.

El retorno de la violencia

¿El crecimiento reciente de homicidios y averiguaciones previas se relaciona con estos 202 municipios? La respuesta es sí.

 

Si vemos datos del SINAIS, es claro que el grupo de municipios que mejor se ajusta a la tendencia nacional es justamente el de los 202 municipios violentos y volátiles; seguido de los casi mil municipios de violencia intermedia. Más aún, el crecimiento a partir de 2015 se explica centralmente por esos 202 municipios. Noten que la línea nacional sigue cercanamente la de los municipios con violencia intermedia y mucha varianza, pero ello se debe a que el promedio nacional incluye municipios de muy poca violencia. En contraste, si vemos únicamente la tendencia anual, los cambios año con año siguen cercanamente a la de los 202 municipios que mencionábamos. Con base en estos mismos datos es imposible saber qué ocurre en 2016 y 2017; dado que los datos del 2016 estarán disponibles hasta finales de este año, mientras que los del 2017 hasta finales del 2018.

 

Del mismo modo, analizando los datos del SNSP podemos observar que el grupo de municipios de alta violencia y varianza en esa base, es el que concentra el crecimiento en homicidios desde 2015, con un claro aceleramiento en el primer trimestre del 2017.

La lección central de este texto es simple: no es posible diagnosticar y recetar soluciones para reducir la violencia en México que no pase por un análisis exhaustivo de los 202 municipios que concentran homicidios y su varianza en México, y que se encuentran, como vimos, agrupados mayoritariamente en tres regiones. Empecemos a tener esa conversación.

Datos

Los datos y código utilizados en este análisis pueden ser consultados aquí http://bit.ly/2sabm89

 

José Merino y Oscar Elton, Data4

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En cuatro años, el Programa Nacional de Prevención del Delito (PRONAPRED) no ha tenido un efecto negativo sobre homicidios dolosos o robo de autos en los municipios donde se implementó.

“La delincuencia no se combate solo con elemento spoliciacos, sino con una verdadera política de prevención que permita a los jóvenes alcanzar mejores condiciones de vida y desarrollo”
—Osorio Chong

Esto declaró el secretario de gobernación en octubre del año pasado, hablando en un encuentro con “beneficiarios” del Programa Nacional de Prevención del Delito (PRONAPRED). Pocos disentirían con la idea de que un enfoque exclusivamente punitivo no es suficiente para luchar efectivamente contra la violencia. El PRONAPRED, lanzado en 2013 y ahora financieramente extinto, pretendía tener dicho enfoque comprehensivo, pero un programa que a lo largo de cuatro años nos costó cerca de 10 mil millones de pesos no ha tenido un efecto discernible en la reducción de la violencia.

Más allá de los objetivos no evaluables estipulados en sus lineamientos, como “generar entornos que favorezcan la convivencia y seguridad ciudadana” o “incrementar la corresponsabilidad de la ciudadanía y actores sociales en la prevención social del delito mediante su participación y desarrollo de competencias”, nos propusimos evaluar el efecto del programa en los municipios beneficiados con indicadores concretos: tasa de averiguaciones de homicidios con arma de fuego y robo de autos. Después de analizar los datos, encontramos que su implementación no tiene efecto alguno sobre delitos o violencia, medida con estos dos indicadores.

Dicho de otro modo: los municipios con apoyo fiscal bajo este rubro no mostraron trayectorias de delitos o violencia distintos a aquellos fuera del programa.

Una historia de violencia

En 2013, el gobierno federal lanzó su programa insignia de seguridad, el cual pretendía atacar la violencia desde otro ángulo: prevención en lugar de punición. Con criterios poco claros, se seleccionaron 57 demarcaciones prioritarias compuestas por 931 municipios y les destinaron casi dos mil 500 millones de pesos. El proceso se repitió en 2014, ahora incluyendo a 16 demarcaciones adicionales; luego en 2015, agregando otros nueve municipios, y en 2016, donde la disminución en el presupuesto significó que nueve municipios, como Comitán en Chiapas y Zamora, Michoacán, salieran del programa, aunque se incorporaran otros siete. Para 2016, la cantidad de municipios que quedaron dentro del programa sumaban 95.

 

Simultáneamente, a partir del 2014, la violencia en México tuvo un repunte que continuaría los dos siguientes años. En 2016, cuarto y último año con claro apoyo presupuestal del PRONAPRED, el total de averiguaciones previas por homicidio doloso sumaron 20 mil 778, cifra mayor a la del 2012, año con 20 mil 252 averiguaciones por homicidios dolosos. ¿Este resurgimiento de homicidios fue un proceso paralelo a PRONAPRED o incluyó a los municipios que se encontraban dentro del programa?


La pertenencia al programa parece no haber alterado la tendencia de tasa de averiguaciones previas por homicidios dolosos con arma de fuego. Si bien vemos un decrecimiento entre 2013 y 2014 para los municipios dentro del programa, es claro que esta tendencia venía ocurriendo desde 2011 y fue seguida de un resurgimiento de homicidios en 2015. Aunque el alza en tasas de homicidios no dejó exentos a los municipios en PRONAPRED, los municipios nunca incorporados jugaron un papel importante en el repunte, elevando sus tasas de homicidios con arma de fuego de manera notoria a partir de 2015.

Que una buena proporción de los municipios que desataron el resurgimiento de la violencia en años recientes haya estado en PRONAPRED no necesariamente significa que el programa fue un fracaso; puede tener que ver con el tipo de municipios que se seleccionaron para entrar al programa: en lugar de concentrarse en municipios con altas tasas de homicidios, que podríamos pensar son los más violentos, se concentraron en lugares con muchos homicidios,es decir, municipios muy poblados, pero no necesariamente con peores condiciones de seguridad. En municipios grandes puede ocurrir que aumente el número absoluto de homicidios sin que esto signifique que haya habido un crecimiento en tasas y un empeoramiento en la calidad de seguridad.

 

 

Para analizar el efecto relativo del dinero del PRONAPRED, dividimos el presupuesto otorgado a un municipio en un año entre la población total, obteniendo la cantidad de dinero por persona. La tendencia no se revierte, sin importar la cantidad de financiamiento en términos relativos; los homicidios del año siguiente parecen no estar afectados por la pertenencia o no en PRONAPRED.

 

¿Indicador equivocado?

Para la mayoría de nosotros, hablar de violencia significa hablar de homicidios, sin embargo, podría argumentarse que es la variable equivocada para analizar el efecto del PRONAPRED, a fin de cuentas, hay conocidos problemas con la recolección de datos de averiguaciones previas de homicidios: no todos se reportan y el Secretariado del Sistema Nacional de Seguridad Pública ofrece solo datos de averiguaciones previas, no un conteo de víctimas para nivel municipal. Podría argumentarse que el efecto de un programa para prevenir la violencia se reflejaría primero en delitos de bajo impacto y con tasas de denuncia mucho más altas, como robo de automóvil.

Aprovechamos los datos de automóviles robados, reportado también a nivel municipio por el SNSP, para ver si el PRONAPRED tienen un efecto en delitos de bajo impacto. Dicho indicador suele tener una cifra negra muy baja, debido a que, para hacer válido el rembolso del seguro, las personas necesitan presentar una denuncia ante el Ministerio Público.

 


No es sorpresivo que los municipios en PRONAPRED concentran la mayoría de los reportes de robo de auto, pues a fin de cuentas son los municipios más poblados: los 95 municipios que eran beneficiarios en 2016 representan el 40.4% de toda la población nacional. La tendencia en el tiempo tampoco parece haberse visto afectada por el inicio de PRONAPRED para ninguno de los grupos, decreciendo desde 2011 hasta 2014 y luego experimentando un repunte, la misma trayectoria que observamos con homicidios.

Descriptivamente, parece que estar en PRONAPRED no redujo ni en homicidios ni robo de autos. Sin embargo, la estadística descriptiva no es suficiente para poder sacar conclusiones sobre la efectividad de un programa. Para contestar a la pregunta ¿cuál fue, si es que hubo, efecto del PRONAPRED sobre violencia? Hace falta un modelo econométrico más sofisticado, que se acerque más (aunque muy imperfectamente) a los resultados que obtendríamos si hubiéramos diseñado un experimento en el laboratorio con la intención de conocer el efecto del PRONAPRED.

Paréntesis: ¿Cómo saber si un programa de gobierno fue efectivo o no?

Existe un problema al evaluar programas gubernamentales: no hay manera de saber qué hubiera pasado en un lugar si no se hubiera implementado ahí el programa. En el caso de PRONAPRED, por ejemplo, sabemos cómo cambió la violencia en los municipios en los que se implementó y sabemos lo mismo para aquellos municipios en los que no se implementó; pero no sabemos ni que hubiera pasado con la violencia en los municipios en los que síse implementó si no se hubiera hecho, ni lo que hubiera pasado en los municipios donde no hubo PRONAPRED si sí hubiera habido. Esto quiere decir que la única manera en la que podríamos conocer exactamente el efecto del PRONAPRED es si los municipios tuvieran “hermanos gemelos”, idénticos excepto por su pertenencia o no al programa y comparáramos la violencia entre los dos gemelos.

Otra opción que nos permitiría estimar el efecto del tratamiento sería que hiciéramos un experimento en un “laboratorio”; escogiendo a los municipios de manera aleatoria, ignorando cualquier otra característica que pueda modificar sistemáticamente el efecto del programa; por ejemplo: los niveles municipales preexistentes de violencia o el tamaño de la población. Esto no quiere decir que estas variables no modifiquen el efecto en PRONAPRED, sino que van a estar distribuidas igual entre los municipios con PRONAPRED y los municipios sin PRONAPRED, por lo que su efecto se cancela.

Para decidir qué municipios formaban parte del programa y que municipios no, evidentemente no se hizo una rifa, pero tampoco se hizo una asignación sistemática relacionada con violencia. Fue como planteábamos al inicio, una mezcla de criterios poblacionales, negociaciones políticas y representatividad nacional. Esto quiere decir que aunque imperfecta, puede existir una relación entre la asignación del programa y niveles de violencia previa; por lo que simplemente restar el total de homicidios en municipios con PRONAPRED y municipios sin el programa nos puede llevar a subestimar el efecto que tuvo y llegar a una conclusión errónea sobre si fue efectivo o no. Además, existen otras características particulares a municipios violentos, que están ahí precisamente porque son violentos y que pueden modificar también el efecto del programa de manera sistemática.

Para resolver este problema, hacemos uso de una técnica para modificar los datos y permitir una mayor comparabilidad entre municipios con y sin el programa llamada “matching” o emparejamiento. Esta técnica parea municipios que son iguales en las variables que pensamos podrían sesgar la identificación de la relación entre PRONAPRED y violencia (Ver nota al final). Para este ejercicio, pareamos a los municipios en el tiempo usando tasa de homicidios con arma de fuego en 2012 y si el municipio se encuentra en un estado donde hubo o no un operativo militar en el sexenio de Calderón. De este modo hacemos que los municipios sean lo más parecidos posible en estas dos medidas, pero que difieran en si estaban o no en el programa. Esto nos permite comparar, por ejemplo, la violencia en Torreón, con la de un municipio que era igual de violento en 2012 pero que acabó quedándose fuera de PRONAPRED. Creemos que el ejercicio se puede replicar usando los datos mucho más detallados publicados por el CIDE sobre enfrentamientos entre autoridades y civiles para afinar geográficamente la medida de “operativo”.

Dado que no sabemos exactamente el criterio para seleccionar a los municipios que entraron en el programa, ni como este criterio fue cambiando con los años, pareamos municipios no por su propensión a ser elegidos, (lo que es conocido como propensity score matching) dado que no sabemos cuál es el criterio exacto de selección, sino por el nivel observable de una variable que sabemos afecta la relación del tratamiento (ser parte del PRONAPRED.) A este tipo de técnica se le llama “coarsened exact matching”. Después de emparejar a los municipios con un contrafactual lo suficientemente parecido a él, corremos una regresión de mínimos cuadrados, controlando por otras variables que puedan ser determinantes en el nivel de violencia (ver nota al final).

El (inexistente) efecto del PRONAPRED

Después de parear los municipios según su tasa de homicidios con arma de fuego en 2012 y la presencia o no de operativos militares, estamos listos para medir si el PRONAPRED se relacionó con caídas en violencia en los municipios donde se aplicó respecto a aquellos en los que no se aplicó. Los resultados sostienen que estar o no en PRONAPRED no tiene ninguna relación con la tasa de homicidios con arma de fuego del año siguiente.

Lo que mejor explica la tasa de homicidios de un año es la tasa de homicidios que tenía ese mismo municipio el año anterior, así como la tasa de homicidios que tienen los municipios vecinos. Esto nos habla de lo persistente que es el nivel de violencia en el tiempo y de cómo responde también a un fenómeno geográfico: los municipios se contagian entre sí.

Si repetimos el proceso, pero ahora con la tasa de robo de autos, los resultados son igualmente desalentadores para el PRONAPRED; lo único que parece relacionarse con robo de autos es la tendencia histórica y qué tan grande sea el municipio, los dos tienen un efecto positivo sobre robo de autos al año siguiente.

Por último, el tamaño del presupuesto también es estadísticamente irrelevante; si corremos una regresión sencilla, controlando por las mismas variables que utilizamos en el modelo de “matching”, pero ahora para explicar la violencia con arma de fuego del año próximo por la cantidad de dinero que reciben los municipios en el programa, entendemos que el fracaso de PRONAPRED en mejorar los niveles de violencia no se debió a falta de presupuesto en ciertos municipios, sino que fue igual de neutral para atacar la violencia sin importar el dinero que le dedicaran. Pasar de ser el municipio que recibió menos presupuesto en términos absolutos a ser el que más dinero consiguió no tienen un efecto significativo en la tasa de averiguaciones previas por homicidio con arma de fuego al año siguiente.

¿Prevenir la violencia? Sí, pero así no

Que la violencia en México es un problema que requiere de soluciones integrales, no solo de acción policiaca o militar, nadie lo discutiría. En ese sentido, sí es una gran lástima que los recortes presupuestales signifiquen que la lucha contra la violencia regrese a ser simplemente un esfuerzo de organismos de seguridad pública. Sin embargo, no debemos lamentarnos de la extinción de un programa que costó 10 mil millones de pesos y no logró mejorar las condiciones de seguridad en el país. Nunca se pensó siquiera como un programa para reducir violencia o delitos; mucho menos se pensó como un programa cuyos resultados deberían ser medibles.

No nos debe sorprender tampoco que el PRONAPRED no haya tenido ningún logro cuantificable, desde su planeación hasta su ejecución queda claro que el problema principal es uno de diagnóstico: queremos combatir la violencia, pero no entenderla. Hay tres notorios errores con cómo se identificaron los municipios que se iban a incorporar al PRONAPRED, que a pesar de la opacidad de los mecanismos de selección resultan evidentes al ver los datos:

1) Se eligieron municipios con muchos homicidios, pero no necesariamente tasas altas de homicidios.

Esto es problemático porque, cuando hablamos de niveles absolutos, generalmente estamos hablando de municipios muy poblados. Si no ponderamos por población, no es posible comparar la situación de seguridad en diferentes municipios. Factiblemente la condición de seguridad es más grave en un municipio con pocos homicidios, pero tasas altas que en un municipio con muchos homicidios, pero muchos pobladores.

2) Se eligieron por lo general municipios individuales, no se entendió que la violencia tiene patrones geográficos con contagios regionales. BLOG

 Una de las variables que mejor explica la tasa de homicidios con arma de fuego del año siguiente de un municipio dado es la tasa promedio de homicidio con arma de fuego de sus municipios colindantes. La violencia no se contiene dentro de las delimitaciones arbitrarias que son fronteras municipales, a menudo tiene lógicas regionales, ya sea por actividad de cárteles, por rutas de trasiego o por regiones de cultivo. Sólo actuar un municipio en particular en un territorio donde toda la región es violenta, es un esfuerzo inútil y señal de que no se entiende las causas de la violencia.

3) No se entendió que hay que analizar tendencias y cambios en violencia, no sólo niveles.

En el primer año de PRONAPRED se eligieron municipios que llevaban dos años disminuyendo constantemente sus tasas de homicidios. Para la selección parecen haber visto solo la información de un año, ignorando la tendencia. Por otro lado, no se incluyeron municipios con pocos homicidios absolutos, pero en los que la tendencia había tenido un aumento significativo y atípico. El mejor predictor de la violencia en el próximo año de un municipio es el nivel de violencia en ese municipio el año anterior.  Si no analizamos los patrones históricos, estamos ignorando los focos rojos y los cambios que son históricamente atípicos.

Cuatro años después, concluimos como en otros programas, que PRONAPRED fue sólo un mecanismo para transferir más dinero a los estados… no un programa de prevención de delitos y violencia. 10 mil millones de pesos tirados a la basura.

 

José Merino
Twitter: @PPmerino

Carolina Torreblanca
Twitter: @caro_whitetower


1 Desagregamos a todas las zonas metropolitanas incluidas en el programa en los municipios que las conforman, según el Marco Nacional de Viviendas 2002.

Se corrieron dos modelos “Corsened Exact Matching” (CEM) en los que se pareó a los municipios según su tasa de averiguaciones previas de homicidios con arma de fuego o robo de auto y una variable dicotómica de si hubo o no operativo del ejercito en ese estado durante el gobierno de Calderón. La variable de tratamiento era una dicotómica, según el estatus de pertenencia al programa.

El desbalance para el caso del modelo de averiguaciones previas de homicidios con arma de fuego pasó de ser .45 antes de ser pareada a .14 después, con 4 observaciones tratadas perdidas.

El desbalance para el caso del modelo de averiguaciones previas de robo de auto pasó de ser  .74 antes de ser pareada a .46 después, sin ninguna observación tratada perdida.


Nota metodológica

Para la regresión sobre el efecto del presupuesto, se corrió un modelo de mínimos cuadrados ordinarios con errores robustos.

Todos los datos y estimaciones se pueden consultar aquí: https://www.dropbox.com/sh/3341nl2u76nhqsl/AACryYEuxHAu-K4Kn75gvoNma?dl=0

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diciembre 23, 2016

Días de descanso, días de no matar

El día de cada año en el que el promedio de homicidios en México ha sido el más bajo los últimos 10 años es el 1 de enero. Pensamos que se debía a una especie de pudor celebratorio; viendo la tendencia de otros días, creemos que se debe simple y llanamente a que todos descansan, quienes matan y quienes mueren.

En México hemos acumulado 213 mil muertos y más de 26 mil desaparecidos desde 2006. Una cifra que lee rápido, pero de muy difícil digestión. México es un país violento: 58 víctimas de homicidio en promedio cada día.

Pero los días no son iguales. En los últimos 10 años hay días brutales como el 7 de mayo en el que cada año en promedio se acumulan 68 víctimas. Hay también días en los que el número de homicidios se reduce a su mínimo. Son días de calma; mejor dicho, de relativa calma, como el 1 de enero que promedia 34 homicidios en el mismo periodo.

Días para festejar… la no violencia

Si promediamos los homicidios ocurridos en las 52 semanas que conforman cada uno de los últimos 10 años, vemos una alta varianza en la tendencia de homicidios. Existen cinco semanas en que la violencia supera los 56 homicidios.

De esas cinco semanas, dos llegan a las 58 muertes promedio en 10 años: la semana 20, que va aproximadamente del 13 al 20 de mayo; y la semana 38, que suele ser la semana de los festejos de la independencia mexicana, o la siguiente a ésta. Entre las tres restantes, se encuentra la semana 50, anterior a la semana de noche buena y navidad, con 57 homicidios promedio; y las semanas 33 y 35, con 56 homicidios promedio cada una. Estas últimas semanas son días de transición entre agosto y septiembre.

Como vemos, estas semanas son antes o después de días considerados festivos. Si vemos la otra cara de la moneda, tres de las cinco semanas con menos homicidios promedio en los últimos 10 años, están entre las primeras cinco semanas del año, incluyendo la semana uno, que va del 1 al 7 de enero.

Analizando los 365 días del año, el día con menos homicidios promedio en los últimos 10 años es el primero de enero, con un promedio de 33.8 muertos por homicidio en ese día. No sólo esto. Si vemos los últimos siete días con menos homicidios de la lista, los siete son días en que se conmemora algo. Al 1 de enero le siguen 1 de mayo (día del trabajo); el 2 de noviembre (día de muertos); el 10 de mayo (día de las madres); el 5 de mayo (día de la batalla de Puebla); el 16 de septiembre (día de la independencia de México); y el 25 de diciembre (Navidad).

Entre los cinco días más violentos del año no se encuentra ningún día festivo. Pero es curioso que el 16 de septiembre esté entre los días con menos homicidios en promedio, y el 17 de septiembre, un día después, sea en promedio, junto con el 7 de mayo, el día más violento del año con 67.7 homicidios promedio.

Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo

Si comparamos el promedio de homicidios entre los días “antes” y “después” de Navidad y Año Nuevo con el resto del año vemos diferencias. Los días post-fiesta, navidad y el primer día del año, tienen un promedio siempre menor al resto del año entre 2006 y 2015. Curiosamente, esto no ocurre en Noche Buena y la víspera de Año Nuevo. Mientras el 24 y el 31 de diciembre se comportan como el resto de los días de cada año, el 25 de diciembre y el 1 de enero son anómalamente pacíficos. Por ejemplo, en el 2007, Noche Buena y la víspera de Año Nuevo tuvieron cinco homicidios más que los que hay el resto del año. Lo mismo pasa en 2009 y 2012. En 2014, sin embargo, estos dos días tuvieron casi 10 homicidios más que los que se presentan el resto del año.

A pesar de que el 25 de diciembre y el 1 de enero se encuentren entre los días menos violentos en promedio en el año, existen lugares y años anómalos a lo largo de estos 10 años. De 2006 a 2015, ha habido por lo menos un homicidio en 25 de diciembre en algún año en 151 municipios. La delegación Cuauhtémoc, en la CDMX, es quién más veces aparece en la lista con al menos un homicidio en 25 de diciembre todos los años, excepto en 2006 y en el año del bicentenario de la independencia. 2015 ha sido el peor hasta ahora, con 4 homicidios el día de navidad.

Los dos municipios que más homicidios han tenido en Navidad son Ciudad Juárez, Chihuahua en 2010 y Tampico, Tamaulipas en 2011, con 13 homicidios cada uno.

El primer día del año también presenta momentos y lugares anómalos. En los 10 años, 138 municipios han tenido al menos una muerte violenta. En su mayoría han tenido un homicidio, pero Tijuana (2010), Ecatepec de Morelos (2013) y Durango (2014) han comenzado su cuenta de homicidios del año con 7 desde el día uno.

Si nos quedamos con los 10 municipios donde más gente muere y los 10 donde las personas son más vulnerables podemos ver patrones interesantes en los días post fiesta. De los 10 municipios con un mayor acumulado de homicidios en los 10 años, en 6 los homicidios promedio por día son menores en Navidad y en Año Nuevo.

Monterrey y Ciudad Juárez son los municipios que mayor diferencia tienen entre los promedios por día de estas fechas festivas y el resto del año, con 1.5 homicidios menos por día. En Guadalajara y la delegación Cuauhtémoc el promedio no es diferente. Se reducen los homicidios por día en menos de 0.2. En los 10 municipios más vulnerables ante la violencia diaria, se encuentran siete de los mismos 10 que vimos antes. Se agregan Chilpancingo, la capital de Guerrero; Cuernavaca, Morelos; y San Pedro Tlaquepaque, Jalisco.

Entre los municipios que más recuden homicidios en Navidad entran obviamente los mismo dos de antes, Monterrey y Ciudad Juárez, y se les une San Pedro Tlaquepaque, que tiene una reducción estos días de 1.3 homicidios por día respecto al resto del año.

¿Cómo mueren quienes mueren en Navidad y Año Nuevo?

Los homicidios son siempre una tragedia, pero no todos se ejecutan de la misma forma. La forma más común en que se cometen homicidios es con armas de fuego, también consideraros una buena aproximación a homicidios relacionados al crimen organizado.

Sin embargo, dado todo lo que ya hemos visto, los homicidios se reducen quizá porque en días festivos (y después de ellos) mucha gente se queda en sus casas. La mayor parte de los homicidios suelen suceder en la calle, pero si la gente no sale de sus casas igual que el resto del año, la forma en que mueren también puede cambiar.

Si dividimos los homicidios por cómo sucedieron y vemos el porcentaje de cada causa en días “pre”, días “post” y el resto del año, vemos que en promedio el porcentaje de muertes por ahorcamiento y golpes es mayor en días festivos que el resto del año. Durante el año, el 9.6% de los homicidios se dan por golpes o personas estranguladas, que factiblemente se den dentro de viviendas. El 25 de diciembre y 1 de enero, el porcentaje aumenta a 10.2%, y el 24 y 31 de diciembre el porcentaje llega a 12.1%.

Por otro lado, los homicidios con arma de fuego en promedio representan 62.4% de los homicidios. Durante Noche Buena y la víspera de Año Nuevo el porcentaje es de 60.1%, y los días posteriores disminuye aún más, a 58.7%.

Respecto a los días más violentos, los días de menor violencia reducen a la mitad el número de homicidios, de 68 a 34. Al hacer este texto pensábamos encontrar que los días festivos que implicaban actividades familiares, como el 24 y el 31 de diciembre o el 10 de mayo, serían los días más anómalamente pacíficos en el país. Pensábamos pues que el efecto de los días festivos se asociaba a actividades familiares y no al simple asueto. No es así. El 24 y el 31 de diciembre se comportan en términos de violencia de manera más cercana al resto de días del año; mientras que el 25 de diciembre y el 1 de enero muestran reducciones en violencia similares al 1 de mayo, el 2 de noviembre o el 16 de septiembre.

Los mexicanos nos dejamos de matar porque estamos de descanso… no porque estemos en un ánimo armónico.

 

NOTA METODOLÓGICA

Los datos utilizados son homicidios del Sistema Nacional de Información en Salud (SINAIS). La base de datos puede ser consultada aquí

 

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