octubre 2, 2017

¿Qué medimos cuando medimos la pobreza?

Si en México calculáramos la pobreza con los estándares del Banco Mundial, disminuiría 35%; sin embargo, 46% de los nuevos “no pobres” no ganarían lo suficiente para comprar la canasta básica con nuestros precios.

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) publicó hace un par de semanas su más reciente estimación de la pobreza en México. Como normalmente ocurre cuando el CONEVAL publica estos datos, se suscitó una intensa discusión. Lo interesante fue que el debate no giró en torno a la eficacia de los programas sociales que combaten la pobreza como muchas veces ocurre, sino en torno a la metodología, de cómo medimos la pobreza.

La primera discusión (la cual no es materia de este artículo), tuvo que ver con que el CONEVAL utilizó un modelo estadístico para hacer comparables los datos de 2016 con los de 2014; debido a un cambio en cómo midió el ingreso el INEGI por medio de la Encuesta Nacional de Ingreso Gasto en los Hogares (ENIGH) y a una diferencia en la manera en la que se mide la pregunta sobre acceso a la seguridad social. La segunda discusión inició cuando Valeria Moy, directora de México ¿Cómo vamos?, publicó en su columna en el diario El Financiero un análisis sobre los últimos datos de pobreza titulado “Menos pobreza, más desigualdad”.1 En su columna Moy argumenta que, debido a la diversidad de criterios para medir la pobreza y a la diversidad de resultados que éstos arrojan, la discusión debería basarse en la desigualdad. Héctor Aguilar Camín retomó la discusión en una serie de artículos en Milenio,2 donde ahondó sobre distintas mediciones de pobreza y cómo difieren con la medición del CONEVAL.

La pregunta de fondo de ambos análisis es en realidad ¿Qué medimos cuando medimos pobreza? Esta pregunta es la que pretendemos atender en este artículo.

Viviendo con el mínimo

El enfoque más común para medir la pobreza es especificar una línea mínima en términos de ingreso o consumo calórico; si una persona está por debajo de está línea se le considera pobre, si está por arriba no. Ello, independientemente de cómo esa persona llegue o no a la línea, ya sea por su trabajo o por algún tipo de transferencias, usualmente públicas. Esta medición es la que usa, por ejemplo, el Banco Mundial. A esa línea mínima se le han agregado otros criterios, bajo la premisa de que la pobreza no se refiere sólo al ingreso. Estos otros ámbitos, como carencia en el acceso a bienes y servicios; alimentación; educación; vivienda; seguridad social entre otros se han agregado a la llamada definición “multidimensional” de la pobreza. Este es el tipo de medición que usan organizaciones como el CONEVAL o la Iniciativa sobre Pobreza y Desarrollo Humano de Oxford y las que abordaremos más adelante.

Pero quedémonos un momento sólo con la medición de ingresos mínimos. ¿Qué umbral usar? El CONEVAL define dos líneas diferentes: la línea de bienestar separa el ingreso necesario para comprar aquellos bienes y servicios que necesita adquirir la población para satisfacer sus necesidades básicas, tanto alimentarias como no alimentarias. La línea de bienestar mínimo se refiere únicamente a necesidades alimentarias; las personas por debajo de esta línea mínima, aún si gastaran todo su ingreso en comida, estarían consumiendo menos calorías de las que necesitan. Esos alimentos integran una canasta, cuyo precio varía si se trata de una zona rural o urbana. Por ejemplo, una persona que habita en una zona rural y cuyo ingreso sea de $933.20 (el valor total de la canasta alimentaria para zonas rurales); dedicaría el 15.9% de su ingreso únicamente a la compra de carne de res y ternera, a ese tipo de restricciones se enfrentan las personas por debajo de la línea de bienestar mínimo. En la última medición del CONEVAL 17.5% de la población en México tiene un ingreso menor a la línea de bienestar mínimo. Esto es, 17.5% de las personas no tienen los ingresos suficientes para comprar suficiente comida aun si dedicaran todo su ingreso a ello.


El Banco Mundial establece una línea de bienestar mínimo diferente. Pensando en los países más pobres del mundo (la mayoría en el continente africano), establece que son pobres quienes ganan menos de 1.9 dólares diarios. Uno de los argumentos de Aguilar Camín es justamente ese: quizás deberíamos adoptar el estándar del Banco Mundial, dado que el del CONEVAL es demasiado restrictivo. El equivalente a 1.9 dólares diarios representaba un ingreso mensual de $1,052.22 pesos en agosto de 2016 (fecha que utilizó el CONEVAL para su medición) a un tipo de cambio promedio $18.46 en ese mes. Las líneas de bienestar que incluyen necesidades no alimentarias (ropa, artículos de higiene y limpieza, etc.) en México estaban por encima de ese umbral. Para el ámbito urbano era de $2,660.40 y para el ámbito rural de $1,715.57. Con 1.9 dólares diarios las personas en un ámbito urbano ni siquiera hubieran sido capaces de satisfacer sus necesidades calóricas pues la canasta alimentaria tenía un costo de $1,310.94. Mientras que en una zona rural hubiesen sido capaces de cumplir con el mínimo de su consumo calórico ($933.20) pero aún se encontrarían por debajo de la línea de bienestar, pues no podrían satisfacer otras necesidades incluidas en la canasta no alimentaria.


Aún si tomáramos la segunda medida del Banco Mundial, la cual aumenta el ingreso a 3.1 dólares diarios no sería suficiente. Un ingreso de 3.1 dólares diarios equivalía en agosto de 2016 a $1,716.78 pesos al mes. Esa cantidad alcanzaría únicamente para cubrir la línea de bienestar en el ámbito rural, pero seguiría por debajo de la línea urbana que era de $2,660.40. ¿Cómo se vería la pobreza en México si usáramos el estándar del Banco Mundial en lugar de las líneas de bienestar de CONEVAL? Con los datos de ingreso reportados por la ENIGH, los porcentajes de pobreza serían 3.4% con 1.9 dólares diarios y 8.6% para quienes ganan menos de 3.1 dólares diarios. Pero ¿qué nos estaría diciendo este porcentaje?

Bajo esta clasificación habría personas por encima de la línea de pobreza cuyo ingreso resultaría insuficiente para cubrir sus necesidades mínimas. Ajustando por poder adquisitivo, 46% de los nuevos “no pobres” no ganarían lo suficiente para comprar la canasta básica con nuestros precios. ¿Es una medición preferible a la de CONEVAL? Creemos que no.

Nótense dos cosas: 1) Los datos de la ENIGH usando la línea del Banco Mundial son distintos a los datos reportados por el propio Banco Mundial; creemos que eso se debe a la subestimación de ingresos en la ENIGH, justamente lo que se trató de corregir en el Módulo de Ingresos 2015 y la ENIGH 2016; 2) Es claro que en las medidas nacionales, el decremento en pobres se explica más por reducciones en carencias que en incrementos en ingresos, en las mediciones sólo por ingreso la caída es sensiblemente menor.

La medición multidimensional de la pobreza

Decir que las personas que apenas pueden cubrir sus necesidades básicas ya no son pobres, resulta contra intuitivo. ¿Qué hay sobre el lugar en el que viven?, ¿pueden estudiar?, ¿si se enferman, pueden recibir atención médica? Se trata simplemente de observar otros factores que influyen en la calidad de vida de las personas y en su probabilidad de caer en situación de pobreza. Ser pobre no es una cuestión meramente de ingresos, porque el dinero que tenga disponible una persona no es el único medio necesario y/o suficiente para desenvolverse y satisfacer sus necesidades. Ahí intervienen más factores, los cuales están íntimamente relacionados: no tener acceso a educación tendrá un impacto en el ingreso futuro de las personas, lo mismo ocurre con su condición laboral, con su acceso a la salud y a la seguridad social, etc.  

¿Qué ganamos conceptualmente al imponer una línea definida para los más pobres de los países más pobres? ¿Podemos salir a decir que quienes están arriba de dicha línea no son pobres? ¿Podemos argumentar que pueden hacerse en el mercado de los mínimos de bienestar? ¿Se trata de mexicanas y mexicanos que lograron tener una posición que les permite de manera sostenible estar mínimamente “bien”? La respuesta desde los propios datos en México es no.



El CONEVAL incorporando parte de estas ideas mide como carencias sociales: el rezago educativo, el acceso a los servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, acceso a los servicios básicos de la vivienda y alimentación. Están en situación de pobreza extrema quienes tengan un ingreso menor a la línea de bienestar mínimo (sólo alimentos) y tengan al menos tres carencias sociales. A su vez están en situación de pobreza moderada tienen un ingreso menor a la línea de bienestar y carecen de por lo menos una carencia social.

Una de las críticas más comunes a la medición multidimensional del CONEVAL es que aumenta en demasía el porcentaje de pobreza en México. Esto es falso; en realidad la medición multidimensional reduce el porcentaje de pobres en el país. Sin el componente de carencias el porcentaje de pobreza en México sería de 50.6%. Al incluirlo el porcentaje cae a 43.6%. La razón es que hay un 7% de la población, que si bien es vulnerable por ingresos, no tiene ninguna carencia.

No todas las mediciones multidimensionales de la pobreza se refieren a lo mismo. La Iniciativa sobre Pobreza y Desarrollo Humano de Oxford (OPHI) si bien mide carencias similares a las de CONEVAL no están midiendo lo mismo. En primer lugar OPHI sólo mide carencias por: educación, salud y vivienda. Y cuando coinciden no se refieren a lo mismo, por ejemplo, para medir la carencia de salud: el CONEVAL se refiere a acceso a no tener derecho a recibir servicios de alguna institución que los presta (Seguro Popular, IMSS, ISSSTE federal o estatal, Pemex, Ejército o Marina) o los servicios médicos privados. Mientras que la OPHI se refiere a cuestiones más básicas: mortalidad infantil y desnutrición. Es por eso que el porcentaje de pobreza de OPHI y CONEVAL no coincide. Uno mide los peores síntomas del no-acceso, el otro mide el no-acceso, es evidente que el primero deber ser siempre menor al segundo.

Entonces ¿qué medimos cuando medimos la pobreza? Nos referimos a dos cosas: personas que no son capaces situacionalmente de satisfacer sus necesidades mínimas (tanto alimentarias como no alimentarias) y que además tienen alguna carencia social, dado que hay otros factores que determinan si una persona es pobre o no.
El ingreso necesario para tener una ingesta calórica mínima no es una medida arbitraria; sin embargo, la pobreza no se refiere exclusivamente a ingresos. Podemos (¡y deberíamos!) discutir la metodología de cómo se miden las carencias, pero que la pobreza tiene otra dimensión además de la monetaria, difícilmente se debería interpretar como “maximalista”. El simple hecho de que la pobreza aumenta en 8.6 millones si la midiéramos solamente con el ingreso lo evidencia.

 

José Merino y Mariano Muñoz.

Nota metodológica
Se consultaron las bases de datos del CONEVAL para los años 2010, 2012, 2014 y 2016. Así cómo los precios y elementos que constituyen las líneas de bienestar.
El tipo de cambio promedio al mes de agosto 2016 fue calculado utilizando datos de la SHCP y BANXICO. En el caso de los dtos del Banco Mundial se hizo la comparación con dólares PPP.
Para el cálculo de los porcentajes de pobreza con la medida del Banco Mundial, se utilizaron los ingresos de la ENIGH y se ajustaron por poder de paridad adquisitivo (PPP) utilizando los valores que publica la OCDE.
Los datos pueden ser consultados aquí.


1 “Menos pobreza, más desigualdad”, El Financiero, 30/08/2017. http://bit.ly/2wBIG8R

2 “Sí, pero, ¿cuántos pobres hay realmente en México?”, Milenio, 04/09/2017. http://bit.ly/2gxEDEp. “¿Qué tan pobres son los pobres en México?, Milenio, 05/09/2017. http://bit.ly/2eZngwg. “México: un país de “renta media”, lleno de pobres”, Milenio, 06/09/2017. http://bit.ly/2wG5O9D. “La “pobreza” relativa de México”, Milenio, 07/09/2017. http://bit.ly/2wLhFld. “La pobreza extrema de México: dos dimensiones”, Milenio, 08/09/2017. http://bit.ly/2gOUoqY.

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Desde el inicio del sexenio de Felipe Calderón vivimos en un loop de análisis de la violencia en México, atendemos y sacamos conclusiones sólo a partir de la evolución de promedios en la tasa de homicidios. Proponemos aquí un análisis a partir de la volatilidad de la violencia a nivel municipal, para identificar las zonas del país de urgente atención con una política nacional de reducción de homicidios.

Entre enero y abril del 2017 México ha acumulado un total de 7,727 averiguaciones previas por homicidios dolosos, esto implica una tasa anualizada de 18.8 averiguaciones por cada 100 mil habitantes. Se trata del segundo inicio de año más violento desde 1997, y de seguir así, 2017 rebasaría al 2011 como el año más violento de nuestra memoria reciente, cuando el país sumó 18 averiguaciones por homicidio por cada 100 mil habitantes.

Hablamos de averiguaciones y no de homicidios, porque la única medida rigurosa de los segundos es proporcionada por el INEGI mediante el análisis de los datos del Sistema Nacional de Información en Salud (SINAIS); y al día de hoy se encuentran disponibles hasta 2015, mientras que el conteo de víctimas (no averiguaciones) por parte del Sistema Nacional de Seguridad Pública se inició hasta 2014, lo que impide hacer comparaciones previas. Por ejemplo, en 2011 la tasa de homicidios (no de averiguaciones) llegó a 23.3 por cada 100 mil habitantes.

El crecimiento en violencia desde 2016, y sobre todo el retorno en 2017 a niveles observados hace cinco o seis años, nos obligó a retomar una conversación que creíamos superada. La reducción entre 2013 y 2015 nos lo hizo pensar. Y ahí vamos de regreso a observar tasas mensuales, a inferir grandes conclusiones de pedazos incompletos e inexactos de datos, a sacar lecciones anecdóticas de crecimiento acá y reducciones allá.

Creemos que este es un modelo de análisis insostenible. Creemos que es momento de tomar un poco de distancia y analizar los datos desde otra perspectiva: en lugar de analizar los cambios recientes, incluso a la luz del pasado, queremos hacer un corte de caja de la dinámica de violencia en los municipios mexicanos en 10 años, a partir del promedio de su nivel de violencia, pero sobre todo a partir de su volatilidad. Creemos que es un buen inicio para empezar a discutir en serio una estrategia de reducción de la violencia en el país, un buen inicio para volver a tener la misma conversación, pero con otra evidencia.

Como se observa, los municipios con tasas promedio más altas tienden a ser también aquellos con mayor volatilidad; mientras que la mayoría de municipios del país se encuentran en niveles bajos de ambos indicadores. No obstante, en la parte inferior derecha de la gráfica podemos identificar municipios con baja varianza y niveles altos de violencia, esto quiere decir que se trata de poblaciones con niveles establemente altos de homicidios; entre ellos: Guadalupe y Calvo; Guazapares y Urique, en Chihuahua, así como General Plutarco Elías Calles en Sonora. En contraste, en la parte superior derecha estarían aquellos que acumulan promedios muy altos de homicidios, pero con medidas anuales muy disímiles, lo que implica alta varianza; entre ellos: Guadalupe, Huejotitán y Matamoros, en Chihuahua los tres. Finalmente, del lado superior izquierdo se ubican aquellos que tienen niveles relativamente menores de violencia, pero con cambios drásticos entre años; entre ellos: Gran Morelos (Chihuahua), Ejutla (Jalisco), San Baltazar Loxicha y Santa María del Rosario (Oaxaca).

Una nueva categorización de municipios

El territorio mexicano está conformado por un total de 2 mil 457 municipios. Utilizando datos de homicidios del SINAIS desde 2006 hasta 2015 – último año disponible – clasificamos los municipios del país siguiendo 2 criterios: los niveles de violencia que tuvieron (medido como tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes) y la varianza de dicha violencia, es decir, qué tan diferentes fueron las tasas de homicidio de un municipio entre 2006 y 2015.

Nos quedaron 6 grupos conformados de la siguiente manera:

Categoría

Municipios

Porcentaje de la población nacional

Poca varianza y poca violencia

1252

25.7%

Mucha varianza y poca violencia

8

0.02%

Poca varianza y media violencia

699

50.7%

Mucha varianza y media violencia

281

6.5%

Poca varianza y mucha violencia

15

0.7%

Mucha varianza y mucha violencia

202

16.5%

 

Lo que vemos entonces es que, bajo nuestra clasificación, 1,260 municipios tienen tasas de violencia consideradas bajas, por debajo de cuatro. El grueso de la población nacional se encuentra en municipios de violencia media y con poca varianza, con una tasa promedio en todo el periodo de 12 homicidios por cada 100 mil habitantes, aún por encima de los 10 establecidos por la Organización Mundial de la Salud para considerarse una epidemia. Notoriamente, hay 15 municipios en el país con un nivel permanentemente alto de violencia durante toda la década, alrededor de 40 homicidios por cada 100 mil habitantes.

Pero el grupo más interesante es aquel conformado por municipios que tienen simultáneamente niveles altos de violencia promedio y mucha volatilidad entre años. Estos son los municipios que explican gran parte de los cambios en la tasa nacional. Si el nivel de violencia crece o decrece en el país, son estos los municipios que debemos explorar para explicarla. En promedio, estos municipios tienen tasas anuales de 55 homicidios por cada 100 mil habitantes.

La concentración numérica de la violencia

Si vemos la proporción de homicidios totales en el país entre 2006 y 2015 por categoría de homicidios, queda clara la concentración. Los 1,260 municipios con poca violencia, en los que viven 1 de cada 4 mexicanos, representan apenas 1.8% del total de homicidios. Por su parte, los municipios de violencia intermedia, 980 municipios en los que viven poco más de la mitad de los mexicanos, representan el 42% del total de homicidios. Hasta ahora llevamos 2,240 municipios que acumulan 83% de la población y sólo 44% de homicidios.

 

Esto implica que en apenas 217 municipios en los que viven sólo 17% de los mexicanos, se concentra el 56% restante de los homicidios en el país. De hecho, en apenas 202 municipios, los que simultáneamente tienen violencia promedio alta y mucha volatilidad, se concentran 51% de los homicidios totales del país en toda la década.

De nuevo: más de la mitad de nuestra violencia vive en 202 municipios que concentran apenas 16% de la población.

Hay un patrón visible: cuando la violencia crece en el país, la proporción de homicidios concentrado en estos 202 municipios crece, mientras que aquella de los 980 municipios de violencia intermedia decrece.

 

La concentración geográfica de la violencia

Descubrimos apenas que 202 municipios concentran mucho de ambas: medias y varianzas de la violencia nacional. Hay un hallazgo adicional: estos municipios forman zonas continuas. Dicho de otro modo, la distribución geográfica de esos 202 municipios no sólo no es aleatoria, es sistemáticamente contigua.

 

Hay tres zonas identificables en las que se concentran estos 202 municipios que explican la acumulación de homicidios y su varianza nacionales. En primer lugar, un área que va desde la frontera de Chihuahua con Texas, hasta Sinaloa, pasando por la parte occidental de Durango. En segundo lugar, un grupo de municipios en Tamaulipas que se expande a municipios en la parte norte de Nuevo León. Finalmente, a lo largo de la costa en el Pacífico desde Colima hasta Guerrero, que incluye municipios al interior de Guerrero y Michoacán.

Por su parte, de los 15 municipios que siempre han sido violentos – según nuestra clasificación – siete se encuentran en Oaxaca: Miahuatlán De Porfirio Díaz, Huautla De Jiménez, San Pedro Pochutla, Heroica Ciudad De Ejutla De Crespo, Oaxaca De Juárez, Villa De Tututepec De Melchor Ocampo, Ocotlán De Morelos. Al haber sido siempre violentos (por la poca varianza que tienen) estos municipios no nos explicarían una variación en la tasa de homicidios nacional. Tampoco los municipios que tengan poca o media violencia explicarían el aumento reciente de violencia; en su mayoría, los municipios con poca violencia no registraron ningún homicidio durante este periodo.

Nuestro grupo de interés por tanto son los 202 municipios que tienen una alta varianza, y que además son considerados violentos. En este grupo se encuentran municipios como Guadalupe y Calvo, Práxedis G. Guerrero, y Ciudad Juárez en Chihuahua; Acapulco, Iguala, y Chilpancingo, en Guerrero; Colima y Armería en Colima; Apatzingán, Aquila, y Arteaga en Michoacán; Mier, Nuevo Laredo, San Fernando, y Ciudad Victoria en Tamaulipas; así como Monterrey y Cerralvo en Nuevo León.

Dentro de este grupo de interés, 22 municipios superan los 100 homicidios por cada 100 mil habitantes en promedio cada año. Sólo para comparar, Honduras, considerado el país más violento del mundo, llegó a una tasa de 59 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2016.

El retorno de la violencia

¿El crecimiento reciente de homicidios y averiguaciones previas se relaciona con estos 202 municipios? La respuesta es sí.

 

Si vemos datos del SINAIS, es claro que el grupo de municipios que mejor se ajusta a la tendencia nacional es justamente el de los 202 municipios violentos y volátiles; seguido de los casi mil municipios de violencia intermedia. Más aún, el crecimiento a partir de 2015 se explica centralmente por esos 202 municipios. Noten que la línea nacional sigue cercanamente la de los municipios con violencia intermedia y mucha varianza, pero ello se debe a que el promedio nacional incluye municipios de muy poca violencia. En contraste, si vemos únicamente la tendencia anual, los cambios año con año siguen cercanamente a la de los 202 municipios que mencionábamos. Con base en estos mismos datos es imposible saber qué ocurre en 2016 y 2017; dado que los datos del 2016 estarán disponibles hasta finales de este año, mientras que los del 2017 hasta finales del 2018.

 

Del mismo modo, analizando los datos del SNSP podemos observar que el grupo de municipios de alta violencia y varianza en esa base, es el que concentra el crecimiento en homicidios desde 2015, con un claro aceleramiento en el primer trimestre del 2017.

La lección central de este texto es simple: no es posible diagnosticar y recetar soluciones para reducir la violencia en México que no pase por un análisis exhaustivo de los 202 municipios que concentran homicidios y su varianza en México, y que se encuentran, como vimos, agrupados mayoritariamente en tres regiones. Empecemos a tener esa conversación.

Datos

Los datos y código utilizados en este análisis pueden ser consultados aquí http://bit.ly/2sabm89

 

José Merino y Oscar Elton, Data4

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